LA ENTREVISTA

Diciembre 2017

“Para estudiar nunca es tarde”

 

 

Teófilo Melgarejo Figueroa

Egresado (Educación Básica Alternativa)
 Instituto Radiofónico Fe y Alegría – IRFA

Cuarenta años después, Teófilo terminó su secundaria. Está agradecido con el IRFA. Y está orgulloso. De él y de su familia por el apoyo que le dio. “Sin mi esposa, hubiese sido difícil”, asegura. Natural de San Luis (Ancash), este negociante de 54 años, padre de cuatro hijos y abuelo de cinco nietos, vive en Ancón (Lima) desde 1983. Ahí tiene una bodega. Por estos días está arreglando su casa, poniendo mayólicas. El tercero de sus hijos viene de Holanda, donde reside. “Con él ya estaremos completos para celebrar: la Navidad y mi graduación”. 

¿Por qué dejaste de estudiar?
Mi padre se enfermó, así que tuve que ir a la sierra. Yo estudiaba en el Callao, en el colegio Juan Ingunza Valdivia. Pero al enfermarse mi padre, tenía que cuidar a mis tres hermanos menores, alimentarlos. Tenía 16 años.


¿En qué grado te quedaste?

Tercer año de secundaria.

¿Y a qué te dedicaste?
Negociante. Yo siempre he sido negociante, he vendido de todo. Yo quería estudiar, pero no había facilidades. Había que ir en turno mañana y tarde, pero tenía que trabajar.

¿Sentías que te faltaba algo?
Claro. Por más que quieres trabajar, sacar cuentas, siempre te falta algo. Hace un tiempo, por ejemplo, paseaba con mi hijo Julio César que viene cada tiempo de Holanda, y le digo: “Ese carro está bonito”. “Sí, pues, papá. Pero hay que sacar brevete”, me dice. Es que con tercero de secundaria no se puede sacar brevete. Para todo tienes que tener tus papeles.

¿El carro es un regalo pendiente?
Él me regaló una mototaxi hace cuatro años. Pero ya necesitamos un carro para trabajar. El año pasado vino y me dice: “Ya pues, viejito, ¿para cuándo? Tienes que sacar tu brevete”.

Y una cosa lleva a la otra…
Yo le decía: “Ya, en cualquier rato saco el brevete”. Pero mi hijo insistía. “¡Cómo que cualquier rato! ¿Por qué? Tú has sido bien exigente con nosotros, papá. Tú nos exigías estudiar. ¿Y ahora? ¿Qué pasa contigo? Te falta terminar tus estudios. Tú ya no tienes a quién mantener, tienes que preocuparte por ti”.

¿Fue él el que te motivó a estudiar?
Sí. Yo tenía esa inquietud, pero fue él quien siempre me animaba. Así que, cuando se fue, ahí mismo empecé a averiguar dónde estudiar.

Y llegaste al IRFA…
Uno de mis hijos, Roger, me había contado que los sábados su esposa estudiaba en Fe y Alegría en Pachacútec (Ventanilla), así que, como me quedaba cerca, fui. Justo ese día cerraban las matrículas.

¿En algún momento pensaste que ya era tarde?
Sí, varias veces. Hasta mi familia, mis cuñados, me decían: “Pero, ¿ya para qué?”. Y a veces me desilusionaba. Pensaba: “Bueno, pues; ahí nomás me quedaré”. Pero después pensaba en mi hijo, en mí mismo… mi esposa también me animaba. Y recapacitaba. Mi familia ha sido muy importante.

¿Cuál era tu rutina diaria?
Yo iba los sábados de 3 a 6 pm. Estaba en mi bodega hasta el almuerzo, y después ya salía. Mi esposa siempre me empujaba: “¡Ya, vamos, tienes que ir a estudiar”. Llegaba a la sede quince o veinte minutos antes. Todos los días yo andaba con mi cuaderno, ahí en la bodega. Siempre lo tenía al día. Y cuando había tareas, mi hija llegaba del trabajo y me ayudaba.

¿Cuál es el curso que más te costó?
Comunicación. Pero un poquito, nada más.

¿Qué recuerdos de esta etapa?
Ha sido una experiencia muy bonita. Antes de las clases siempre conversábamos, con los de cuarto, de tercero… Algunos no querían estudiar, pero teníamos que insistirles. Yo les decía: “Vamos, compañero. Nos falta un añito, nada más”.

¿Qué es lo más difícil de estudiar a esta edad?
La captación. Cuando pasas tantos años sin estudiar se te dificulta. Y no solo eso, también el tiempo. Uno ya tiene más responsabilidades: el trabajo, la familia…

Difícil, pero no imposible…
Es difícil. Ahora, hay otro problema. Había gente que estudiaba en Pachacútec. Se iban caminando hasta la sede porque vivían cerca. Pero ahora lo han cerrado y la sede se ha ido a Puente Piedra y Collique. Varios no han continuado. La movilidad cuesta. Ese mismo día que se enteraron nos decían: “Ya va a ser muy difícil seguir”.

Quizá falta un último esfuerzo…
Es que se necesita plata. No está cerca. Era muy triste escucharlos, verlos. Les falta poco, pero como dicen: “En la puerta del horno se quema el pan”.

Hiciste muchos amigos…
Sí, bastantes. Son tantas cosas que uno comparte. A veces después de las clases nos íbamos a comer anticuchos, tallarines… A mí siempre me ha gustado compartir con los amigos. Ahora nos visitamos, por teléfono siempre conversamos. Hay amigos inseparables.

¿Qué otros aspectos incluye la formación en el IRFA?
Los valores. Ellos nos decían que la formación de un hogar depende de los padres. Hay que formar bien a los hijos. Antes era diferente. Tu padre te decía: “Hijo, a las 9 regresas. Y regresabas. Y a dormir”. Pero hoy el hijo hace lo que quiere. Sale y vive su mundo. Y viene el desorden, la delincuencia…

¿Y por qué crees que ocurre?
Porque se les da demasiada libertad. Los padres trabajan; esos chicos se quedan solos, en la calle y llegan las malas juntas. Hay que corregir, amigo, hay que corregir. No hay necesidad de pegar, sino hablar.

¿Crees que hay una crisis en la familia?
Claro. Los padres trabajan, salen a las 6 de la mañana, llegan a las 11 de la noche. Entonces, ¿cómo vas a corregir? ¿En qué momento conversan?

¿Es una situación irreversible?
Puede haber formas de mejorar. Siempre tenemos un día libre. Entonces, en lugar de salir o tomar unos tragos, dedícalo a conversar con tus hijos. Hay que dialogar con la familia.

¿Cómo te fue a ti con tu familia?
Yo nunca he tenido trabajo seguro. Siempre he sido negociante, saliendo, viajando, vendiendo, siendo chofer, en provincias… No estaba en casa. Para mí no había feriados, siempre buscaba la manera de llevar dinero a casa. Pero mi esposa ha sido de gran ayuda. Ella ha estado siempre en casa, ayudándolos en las tareas, criándolos… Por ella es que todos mis hijos han estudiado.

¿Cómo se llama tu esposa?
Julia. Mi señora es lo máximo. Yo agradezco tener esta esposa. Mire, mi zona es algo complicada, por las noches es insegura, pero los vecinos nos respetan. Siempre dicen: “¿Cómo el señor ha estado años fuera de su casa y sus hijos no se han maleado?”. Todo es gracias a mi esposa. Tenerla a ella ha sido una bendición. Nosotros somos creyentes. Gracias a Dios todo salió bien. Porque uno propone, pero Dios dispone.

¿Qué sentías conforme se acercaba el final de tus estudios?
Alegría: era cumplir lo que me propuse. Pero también tristeza. Porque uno recuerda a los amigos, a los profesores. La profesora Karen, la profesora Rosa, el profesor Juan… una bella persona. Había varios facilitadores que nos han apoyado bastante. Ha sido una convivencia muy bonita.

¿Celebraste el terminar tus estudios?
Sí, claro. Con la familia nos reunimos en una comelona, hicimos una pachamanca. En mi casa siempre cuando hay algún acontecimiento celebramos con una pachamanca o un picante de cuy. Mi esposa es de Chacas, así que mantenemos las tradiciones.

¿En qué aspectos te ha ayudado el estudiar?
Varias cosas. En el trabajo, en casa, sacar cuentas, redactar, todas esas cosas. Y también te sientes más contento, te sientes mejor. Me siento más seguro, con más confianza en mí mismo. Es que sin secundaria ningún trabajo te dan.

¿Te cambió la vida?
Sí, mi vida ha cambiado bastante. Me siento más feliz y con deseos de superarme.

¿Qué quieres hacer ahora? ¿Qué planes?
En enero voy a sacar mi brevete. Para el carro, pues. Y en agosto pienso empezar a estudiar.

¿Qué quieres estudiar?
Derecho. Por lo menos para saber las leyes. Casi todos en mi familia, en Huaraz, son abogados. Aunque sea a distancia, pero es lo que pienso hacer.

¿Nunca es tarde?
Para estudiar nunca es tarde. Es algo que entendí. Ahora se lo digo a algunos vecinos. Hay uno que es albañil, que no quiere retomar sus estudios, busca pretextos. “Vamos, amigo, es aquí cerca”, le digo. “Con mi moto yo te llevo”. Y le falta solo un año. “¿Para qué?”, me dice.

Tendrás que insistir…
Yo siempre le digo que debe terminar. Siempre trato de ayudarlo. A todos, sobre todo a mi familia. Por ejemplo, mi esposa se quedó en primaria.

Ahora te toca a ti ayudarla…
Sí. Tanto que me ha ayudado ella con mis hijos, con mis estudios. Estoy pensando en eso, en que ella también termine sus estudios.

¿Quiere?
Casi que no quiere, pero tengo que animarla. Al final toda la familia tiene que mejorar.

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